La salida de Víctor Rodríguez Padilla de PEMEX se habría suscitado por su ruptura con la secretaria de Energía, Luz Elena González Escobar, ante el eventual regreso del fracking a México y la posible entrada de empresas estadounidenses a proyectos de shale en alianza con la petrolera estatal, según versiones que circulan en la industria.
Durante seis años el obradorismo había convertido al fracking en símbolo de todo aquello que debía erradicarse, como la dependencia energética, la privatización disfrazada y subordinación frente a intereses extranjeros. Andrés Manuel López Obrador prometió explícitamente que en México no habría fractura hidráulica. Ahora, apenas arrancado el nuevo sexenio, el tema habría regresado a la mesa, cosa que no es del agrado de Rodríguez Padilla.
Las versiones que circulan entre operadores del sector, apuntan a que la SENER usaría el fracking como un componente geopolítico, es decir, permitir la apertura parcial del sector de hidrocarburos no convencionales como mecanismo para aliviar las tensiones en la relación con Washington en medio de los reclamos por seguridad, la solicitud de detención de funcionarios mexicanos acusados de colaborar con el crimen organizado, temas de migración y la compleja negociación política rumbo a la revisión del T-MEC.
En otras palabras, la SENER pretendería ofrecer inversión en energía a cambio de oxígeno político.
Estados Unidos quiere seguridad fronteriza, cooperación estratégica y acceso económico. México necesita reducir presión comercial y evitar que la relación bilateral entre a una etapa de confrontación permanente. Y en esa ecuación el shale del norte del país vuelve a adquirir valor estratégico.
México tiene recursos enormes de gas y petróleo no convencional en cuencas como Burgos, Sabinas y Tampico-Misantla, pero desarrollar esos activos requiere capital, tecnología, infraestructura y experiencia técnica que PEMEX hoy simplemente no posee. Ahí es donde entrarían las empresas estadounidenses.
La hipótesis que circula es que desde la Secretaría de Energía comenzó a explorarse la posibilidad de asociaciones entre PEMEX y compañías norteamericanas especializadas en shale gas y shale oil. Una especie de apertura pragmática, cuidadosamente administrada políticamente, para atraer inversión sin desmontar completamente el discurso soberanista. Pero Víctor Rodríguez Padilla nunca perteneció a esa visión.
Académico, ideológicamente formado en la izquierda energética nacionalista y crítico histórico de la reforma energética de 2013, Rodríguez Padilla representaba la continuidad doctrinal del obradorismo petrolero más duro.
El problema es que la realidad terminó alcanzando al discurso. PEMEX atraviesa una situación financiera crítica. La empresa perdió alrededor de 46 mil millones de pesos en el primer trimestre del año, continúa arrastrando la deuda corporativa más grande del mundo petrolero y enfrenta una caída persistente en producción.
Mientras tanto, México depende cada vez más del gas natural importado desde Texas para sostener su sistema eléctrico e industrial. La paradoja es brutal, pues el Gobierno que prometió soberanía energética terminó manteniendo la dependencia energética respecto a Estados Unidos, y que ahora se ve vinculada al tema de seguridad y crimen organizado.
En ese contexto, dentro del Gobierno comenzó a ganar fuerza una visión menos ideológica y más pragmática, pues si México necesita gas barato, inversión y estabilidad política con Washington, entonces quizá el shale ya no puede seguir siendo tabú. Pero Rodríguez Padilla llegó debilitado a esa discusión.
Su gestión acumuló accidentes, incendios y derrames que terminaron erosionando su autoridad interna. El episodio más devastador ocurrió cuando reconoció públicamente que el reciente derrame de crudo en el Golfo de México había sido responsabilidad de PEMEX, y admitió que nadie se lo había informado.
La escena fue demoledora. El director general de PEMEX confesando en conferencia de prensa que tuvo que solicitar esa información mediante oficio para entender qué había ocurrido dentro de su propia empresa.
Aquello exhibió algo mucho más grave que una falla administrativa, reveló pérdida de control político y operativo sobre la compañía.
Porque PEMEX no funciona únicamente como una empresa. Funciona también como un sistema de poder fragmentado, lleno de grupos regionales, áreas técnicas, contratistas, sindicatos y estructuras burocráticas que históricamente han operado con enormes márgenes de autonomía.
Y Rodríguez Padilla nunca logró consolidar mando real sobre esa maquinaria. Por eso su salida parece explicarse por una combinación de debilidad operativa, malos resultados financieros y una diferencia estratégica de fondo sobre el futuro energético del país.
Porque detrás de esta renuncia no solamente se discute quién dirige PEMEX. Lo que realmente está en juego es si el gobierno de Claudia Sheinbaum está dispuesto a desmontar parcialmente los dogmas energéticos del obradorismo para sobrevivir a la presión económica y geopolítica que viene desde Estados Unidos.
Y si el shale vuelve, aunque sea maquillado bajo otro nombre, significará que el pragmatismo finalmente derrotó a la ideología.
PARA ENTENDER MEJOR EL TEMA
- Fracking (fractura hidráulica):
Método para extraer gas y petróleo atrapados en lutitas mediante agua, arena y químicos inyectados a alta presión. - Shale gas / shale oil:
Gas natural y petróleo provenientes de yacimientos no convencionales de roca shale. - Upstream:
Área de la industria petrolera dedicada a exploración y producción de hidrocarburos. - No convencionales:
Yacimientos cuya extracción requiere técnicas avanzadas como fractura hidráulica. - Shale:
Formación rocosa sedimentaria donde quedan atrapados hidrocarburos. - Asociaciones estratégicas:
Esquemas donde empresas privadas comparten inversión, riesgos y producción con compañías estatales. - Gas natural importado:
México importa más de 70% del gas natural que consume, principalmente desde Texas. - T-MEC:
Tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá, clave para la estabilidad económica regional.





