
La relación geopolítica entre Estados Unidos y Venezuela en 2026 difícilmente detonará por sí sola un “gasolinazo” en México, pero sí matizará el entorno de costos en el que se forman los precios de gasolinas y diésel que el consumidor final enfrenta. La clave no está tanto en Caracas, sino en el Golfo de México ; en cómo el crudo venezolano reconfigura el mercado de crudos pesados y cómo México administra su propia política de refinación, de importaciones y de impuestos especiales.
En 2026, Washington abrió una ventana controlada para el regreso del crudo venezolano al mercado internacional, mediante autorizaciones que permiten exportaciones continuas de entre 30 y 50 millones de barriles con horizonte indefinido. Este volumen, derivado de una producción cercana a 0.8–1.0 millones de barriles diarios, equivale a cerca de 1% de la oferta global: suficiente para ajustar diferenciales regionales, aunque insuficiente para alterar el equilibrio mundial.
México no depende de forma directa de este crudo. El vínculo es más sutil: el petróleo pesado venezolano compite con los barriles pesados mexicanos y canadienses. Un mayor flujo hacia el Golfo de Estados Unidos reconfigura la oferta y demanda, presionando descuentos y premios, y afectando la rentabilidad de exportar crudo pesado frente a refinarlo en el país.
Refinerías del Golfo: el “filtro” hacia México
Las refinerías de la Costa del Golfo de Estados Unidos fueron diseñadas precisamente para sacar valor de crudos pesados y ácidos como los de Venezuela, México y Canadá. La reincorporación de barriles venezolanos les ofrece una combinación atractiva: materias primas con descuento y alta compatibilidad con su configuración de coquización y conversión profunda.
Con una mayor disponibilidad de crudo pesado, las refinerías pueden reducir su costo promedio de procesamiento de gasolinas y destilados medios. Esto es relevante para México, ya que la mayor parte de los combustibles importados por Pemex y privados proviene del Golfo de Estados Unidos. Si el insumo se abarata, los precios mayoristas de gasolina y diésel tenderán a estabilizarse o a moderar presiones al alza, salvo choques globales adicionales.
La dependencia mexicana: menos barriles, misma vulnerabilidad
México mantiene una alta dependencia de combustibles provenientes de Estados Unidos, aunque con una tendencia gradual a la baja conforme Pemex ha incrementado la carga en sus refinerías. Entre 2023 y 2025, las exportaciones estadounidenses de diésel a México cayeron de 187 mil a 118 mil barriles diarios, mientras que las de gasolina descendieron de 338 mil a 309 mil barriles diarios.
Esta reducción no implica independencia energética. Las siete refinerías en operación, junto con la incorporación gradual de Dos Bocas, aún no cubren toda la demanda interna. Analistas estiman que México mantendrá una dependencia relevante de la Costa del Golfo por varios años, aunque con un menor peso de las importaciones en la mezcla de suministro. La exposición a los precios internacionales persistirá, incluso con menos barriles importados.
Precios al público: el poder del IEPS y del “pacto” interno El impacto del crudo venezolano en el bolsillo del automovilista mexicano será indirecto y probablemente acotado. Si la entrada de esos barriles ayuda a abaratar el costo de refinación en Estados Unidos, México podría beneficiarse vía referencias de importación algo más bajas o menos volátiles. En la práctica, sin embargo, el precio final que pagan hogares, transporte de carga y servicios dependerá sobre todo de decisiones domésticas. En este contexto, tres palancas internas resultan determinantes.
- La evolución del IEPS a gasolinas y diésel, así como los estímulos o subsidios aplicados para amortiguar choques de precio internacional. Estos instrumentos han sido el principal ancla de estabilidad en los últimos años.
- Los esquemas específicos de estímulo en zonas fronterizas, que buscan mantener competitividad frente a precios del lado estadounidense.
- La política de estabilización acordada con el sector gasolinero, como el “pacto” que ha mantenido el precio de la gasolina regular alrededor de 24 pesos por litro, convirtiendo la gestión fiscal y política en un factor más determinante que el vaivén de un solo proveedor externo. En este contexto, la geopolítica Washington–Caracas influye en los costos de referencia, pero el trazo final del precio en la bomba lo dibujan Hacienda y la política energética nacional.
Conclusión: más política interna que geopolítica externa:
El verdadero determinante en 2026 será la combinación de tres elementos: La situación financiera que enfrenta pemex, la capacidad de abasto nacional de combustibles de forma eficiente, la revisión de costos a los usuarios para rediseñar pactos de precios en función de las necesidades particulares de cada entidad federativa y la revisión de sobre regulación que no suma al país. En ese marco, la geopolítica entre Estados Unidos y Venezuela es un factor de contexto relevante, pero no el protagonista central de la película de precios que se proyectará en las estaciones de servicio.





