
En Cuba, llenar un tanque con combustible es un lujo clandestino, ya que un litro de gasolina puede costar hasta 5 dólares en el mercado ilegal, aproximadamente 89 pesos mexicanos, más de tres veces lo que vale en México. En la isla del sueño socialista no hay gasolineras funcionando con normalidad ni suministro suficiente, hay intermediarios, bidones, mensajes discretos y resignación, así lo describen sus ciudadanos.
N.J., una mujer de 30 años que vive en la Habana Vieja, cuenta a Energy21 que antes la gasolina no era fácil de conseguir, pero al menos existía un orden. El Gobierno habilitó una aplicación llamada Ticket para asignar turnos de carga una vez al mes, había que registrarse, esperar y confiar en que el sistema avisaría cuándo tocaba.
“Tenías que sacar turno y esperar, pero llevamos 3 meses en cola”, afirma N.J, quien pidió el anonimato.
La espera en Cuba es otra forma de rutina. La app sigue ahí, pero el combustible no, o no para todos. En ese vacío creció un mercado paralelo, pues quienes lograron cargar cuando hubo disponibilidad, guardan una parte y la revenden. Así se arma la cadena. Así circula lo poco que llega a los cubanos.
Cinco dólares por litro, es el precio de la gasolina ilegal en una economía donde el salario promedio mensual ronda entre 15 y 17 dólares al mes. Ese precio no es una distorsión, es una barrera, y cuando no hay gasolina, la ciudad se detiene.
“La semana pasada hubo otro apagón masivo”, dice N.J., quien aclara que minutos antes de conversar con este medio había pasado cerca de 30 horas sin electricidad.
La frase se repite en distintos barrios, en distintas voces. El sistema eléctrico cubano, debilitado por años de falta de inversión, mantenimiento y acceso a combustibles, opera al límite.
Las sanciones de Estados Unidos han estrechado aún más el margen. Washington ha presionado a navieras, aseguradoras y proveedores para cortar o encarecer el flujo de petróleo hacia la isla. El resultado es intermitente pero constante, con menos diésel, menos generación y más apagones.
“Parece un pueblo fantasma. No se ven carros ni movimiento”, describe.
Sin combustible, el transporte desaparece. Sin electricidad, la gente sale de sus casas a buscar aire.
“La gente sentada en las aceras porque no hay corriente”, menciona.
“Y la basura avanza, no la recogen. No hay combustible para los camiones, los basureros son cuadras enteras”, afirma.
Lo que antes era un servicio cotidiano ahora es un problema estructural. No exagera. Las calles se bloquean con montañas de desechos.
“Debido a eso prolifera el mosquito, los ratones, las cucarachas. Da pena en plena ciudad”, lamenta.
El esposo de N.J. repara lentes. Trabaja por cuenta propia, pero su taller depende de la electricidad.
“Hoy no pudo trabajar. Es día perdido”, señala.
No hay margen para amortiguar. Cada apagón es una jornada menos, clientes que no llegan, dinero que no entra.
La interminable noche
En casa, la lógica es la misma. N.J. tiene una batería externa de 300 Watts que sirve para cargar los celulares, poner un ventilador por las noches y a veces alguna lámpara que a lo largo de varias horas ha sido la única luz que alumbra su modesto departamento en el corazón de La Habana Vieja.
“Para el refri no da porque es una batería pequeña, pero al menos no pasamos calor por las noches”, dice con resignación.

La electricidad no alcanza para conservar alimentos. La comida no solo escasea, también se descompone. Se compra al día, se consume al momento, se calcula en función de la próxima interrupción.
A eso se suma otra capa de contradicción, pues parte de los víveres que circulan en la isla provienen de apoyos internacionales, incluidos envíos desde México. Pero no llegan como alivio directo.
“Los venden”, acusa N.J. Lo que debería ser ayuda termina en anaqueles con precio, la escasez convierte todo en mercancía, incluso lo que nació como asistencia.
Así, la economía cotidiana se reconfigura en circuitos paralelos. Gasolina revendida, alimentos comercializados, servicios intermitentes. Todo pasa por alguien, y todo tiene un costo extra.
“El pueblo está cansado. De la caída del régimen es de lo único que se habla, todos queremos que se acabe y si no es ahora no creo que sea nunca”, menciona.
N.J. habla desde la experiencia acumulada de días sin luz, de calles sin movimiento, de basura que crece, de gasolina que se compra a escondidas. Habla también de una estructura que, desde su perspectiva, se sostiene a sí misma. En medio, una sociedad que aprendió a adaptarse incluso a lo inaceptable.
La isla sobrevive en fragmentos. En litros que se consiguen a 5 dólares. En turnos que ya no llegan. En alimentos que no se refrigeran y en basura que no se recoge.
Para N.J. que vive en el corazón de la isla con sus dos hijas y su marido, resistir deja de ser una consigna, se convierte en la única forma posible de vivir, en medio de la crisis más severa que atraviesa Cuba y cuyo desenlace aún se siente lejano.
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