Enero de 2026 dejó un mensaje claro para los mercados internacionales: el petróleo no está en crisis y el dólar tampoco.
El ruido geopolítico en Venezuela se disipó rápido y el tipo de cambio peso–dólar cerró el mes cerca de los 17 pesos, un nivel que hace apenas unos años habría detonado celebraciones oficiales.
Pero en México ocurrió algo revelador: nada pasó en la bomba.
Ni el petróleo más estable, ni el dólar barato, ni la dependencia importadora lograron mover un centavo el precio de los combustibles. Y eso no es un fallo del mercado: es el mercado funcionando exactamente como fue diseñado.
El mito del precio internacional
Durante años se ha repetido que el precio de la gasolina en México depende del petróleo, del dólar o de lo que ocurra en Medio Oriente.
La realidad es más incómoda: el precio del combustible en México ya no es una variable de mercado, es una variable de política económica.
Cuando el petróleo sube, el discurso es la volatilidad externa.
Cuando el petróleo baja, el discurso desaparece.
El resultado es un sistema asimétrico: el consumidor absorbe los choques negativos, pero no participa de los ciclos favorables.
El IEPS: el verdadero dueño de la bomba
Si el petróleo fuera el factor dominante, enero habría sido un mes de ajustes a la baja. No lo fue.
¿Por qué? Porque el IEPS y la recaudación asociada al combustible se convirtieron en un ancla fiscal.
La gasolina en México dejó de ser solo energía:
es flujo, es caja y es estabilidad presupuestal.
Bajar precios no es una decisión técnica, es una decisión fiscal, y hoy el incentivo está en capturar el beneficio, no en trasladarlo.
En pocas palabras:
cuando el mercado gana, gana el fisco; cuando el mercado pierde, paga el consumidor.
Un mercado “liberalizado” que no compite
Formalmente hay competencia.
En la práctica, el mercado opera con márgenes defensivos, cadenas logísticas rígidas y un entorno regulatorio que premia la cautela, no la agresividad comercial.
El operador no baja precios porque:
- no sabe si mañana cambian las reglas,
- no sabe si su costo fiscal aumentará,
- y no sabe si podrá recuperar margen después.
La gasolina no se usa para competir, se usa para sobrevivir.
Importamos gasolina, pero no importamos eficiencia
México importa la mayor parte del combustible que consume.
Importa moléculas, pero no importa la lógica del mercado que las produce.
El dólar barato no se traduce en precios bajos;
el refinado más accesible no se refleja en la bomba.
¿Por qué? Porque el precio no responde al costo, responde al equilibrio político–fiscal del sistema.
¿Hacia dónde vamos?
Si esta lógica se mantiene, el mensaje para 2026 es claro:
- No habrá gasolina barata, aunque el petróleo baje.
- No habrá alivio al consumidor, aunque el peso se fortalezca.
- El precio seguirá funcionando como un impuesto disfrazado de mercado.
El verdadero riesgo no es el precio alto, sino la normalización de la rigidez: que dejemos de preguntarnos por qué no baja.
Conclusión incómoda
El problema ya no es el petróleo, ni Venezuela, ni el dólar.
El problema es que la gasolina dejó de ser un precio y se convirtió en una herramienta.
Mientras el combustible sea tratado como una variable fiscal antes que energética, las buenas noticias externas seguirán sin llegar al tanque, y el debate público seguirá mirando al lugar equivocado.
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