
El petróleo no está subiendo por falta física de barriles.
Está subiendo por miedo.
La reciente escalada contra Irán volvió a colocar en el centro del sistema energético global al Estrecho de Ormuz, el punto más vulnerable del comercio petrolero mundial. Por esa franja marítima fluye aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el planeta.
No se trata de una guerra local. Es una tensión instalada en el cuello de botella energético del mundo.
El chokepoint que mueve la economía
Irán produce alrededor del 3–4% del petróleo mundial. Sin embargo, ese no es el verdadero foco del riesgo.
Lo estructuralmente crítico es que países como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Irak y Kuwait dependen del Estrecho de Ormuz para exportar su crudo hacia Asia, Europa y América.
Si el estrecho se cierra o se vuelve inseguro: Se dispara el costo del transporte marítimo, Incrementan las primas de seguro, reducen flujos efectivos y se activan compras especulativas.
El mercado reacciona antes de que falten barriles. La anticipación es el verdadero catalizador.
El precio: la prima del miedo
Antes de la escalada –a finales de febrero– el Brent cotizaba alrededor de 72–73 dólares por barril.
Al 3 de marzo, ronda los 83–85 dólares.
En menos de una semana, el mercado incorporó una prima geopolítica cercana a 10–12 dólares por barril.
Si el conflicto escala y existe afectación real a infraestructura o transporte, el Brent podría:
- Probar rápidamente niveles de 95–100 dólares.
- Superar los 110 dólares ante interrupciones prolongadas.
- Activar reservas estratégicas en economías consumidoras.
La variable determinante no es la intensidad inicial del conflicto, sino su duración.
Lo que realmente está en juego
Esta crisis no solo tiene implicaciones regionales. En el fondo se disputa:
- La influencia energética de China en Medio Oriente.
- La capacidad de Estados Unidos para reconfigurar el mapa petrolero.
- El equilibrio interno de la OPEP+.
- La estabilidad inflacionaria global.
Estados Unidos es hoy el mayor productor mundial de petróleo. Precios más altos fortalecen su industria shale, pero simultáneamente incrementan la presión inflacionaria doméstica. Es un juego de equilibrio delicado entre rentabilidad energética y estabilidad macroeconómica.
México: entre el beneficio y la vulnerabilidad
México no es protagonista militar en esta tensión, pero sí es un actor energético relevante.
Como exportador:
- Puede beneficiarse de mayores ingresos petroleros.
- La mezcla mexicana capturaría parte del rally de precios.
Como importador de combustibles:
- Enfrentaría presión en gasolinas y diésel.
- Aumentaría la tensión fiscal si se intenta contener precios.
- Se elevarían costos logísticos e inflacionarios.
México no controla el conflicto, pero sí puede decidir cómo fortalecer su resiliencia energética: diversificación de suministros, mayor almacenamiento estratégico y eficiencia en refinación.
La lección estructural
La transición energética no ha eliminado la centralidad del petróleo.
Ha reducido su crecimiento estructural, pero no su poder sistémico.
Mientras 20% del crudo mundial dependa de un estrecho de apenas 39 kilómetros, la geopolítica seguirá teniendo la última palabra.
La pregunta no es si el precio subirá o bajará en los próximos días.
La pregunta es cuánto tiempo el mundo estará dispuesto a pagar la prima del miedo. Y, en energía, el miedo siempre cotiza.
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Esta columna se publicó originalmente en la edición de marzo de nuestra revista Energy21





